abr 15 2006

El Botellón

Vecindario nº 56

Se ha puesto de moda en todo el país una nueva forma de diversión por parte de los jóvenes: el botellón. Aunque se trata de algo ya bastante viejo (comenzó en la ciudad de Cáceres a finales de los años 80) ha adquirido notoriedad en los últimos años, al extenderse por todos los rincones del país.

El Barrio San Bernardo, al encontrarse junto al Campus Universitario, es uno de los lugares habituales en los que se celebra este tipo de actos desde hace ya unos cuantos años. Los estudiantes universitarios ocupaban los establecimientos y las calles del Barrio para celebrar las distintas fiestas de las facultades universitarias. Pronto empezaron a oírse quejas por parte de los vecinos, motivadas por la falta de educación y el poco respeto demostrado por algunos estudiantes, que ensuciaban las aceras, hacían sus necesidades en la calle (incluso dentro de los portales) y dejaban tras de sí basuras, vomitonas, cristales rotos y malos olores que costaba tiempo erradicar.

Aunque los establecimientos colaboraron al principio con los estudiantes, ofreciendo precios más baratos en esos días, pronto cambiaron de opinión, por la suciedad y los destrozos que dejaban en su interior. Algunos optaron por cerrar en esos días o no servir a los estudiantes.

El problema no es el botellón en sí mismo, que podría llevarse a cabo con absoluto respeto a las personas y al mobiliario urbano. Lo malo es, como siempre, ese pequeño grupo de gamberros y vándalos que aprovecha la ocasión para destrozar todo lo que encuentra a su alcance. El divertirse no tiene por qué estar reñido con respetar los derechos y las propiedades de los demás.

La solución no parece nada fácil. Al igual que es imposible poner puertas al campo, resulta también imposible impedir que un grupo de personas se reúnan para beber y charlar (o cantar, si es eso lo que les apetece). Las prohibiciones no suelen servir para mucho y, además, resulta tremendamente complicado llevarlas a la práctica.

Pero todos tenemos que tener muy claro que nuestros derechos acaban allí donde empiezan los de los demás. Así de simple y así de claro. En algunas ciudades están delimitando zonas donde se pueden reunir las personas, zonas alejadas de las viviendas, donde no causan molestias a la ciudadanía. Quizás sea una buena manera de resolver el problema.

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